viernes, 1 de agosto de 2008

Veo una casa. Una mansión, en realidad. Antigua, pero bien conservada, sólida. No es de este siglo, ni siquiera del pasado. Muchas habitaciones. Buenos muebles. De los que pasan de padres a hijos. Camas de ésas en las que se nacía y se moría. Gente entrando y saliendo. Una familia grande. Arriba, pero también abajo. Sí, hay servidumbre. Sedas y tafetanes, pero también delantales de algodón y cofias. Niños que corren por el jardín. Un estanque. Alguien que llora junto a los rosales, en lo más escondido del laberinto de setos. Es joven y guapa. Pero no es feliz. Nadie dijo que tenerlo todo diera la felicidad, y ella se acaba de dar cuenta.

Lo siento, pero no veo nada más.


jueves, 31 de julio de 2008

Miró entre los árboles, como cada vez, para comprobar, con una angustia que reconoció estúpida, si la casa seguía allí. Un terror irracional e inexplicable le invadía cada vez que volvía al pueblo y no podía evitar el temor a que la próxima vez que mirase desde el camino de los almendros, no hubiese nada. Pero la casa, lógicamente, no se movía, seguía en el mismo sitio donde había estado desde que su tatarabuelo la mandó construir con el dinero que trajo de América.

Hasta aquel día...

viernes, 6 de junio de 2008

Ese horizonte,

donde todo es posible,

si tú estás cerca.

miércoles, 14 de mayo de 2008

sábado, 10 de mayo de 2008


Los lugares se impregnan de nuestra presencia, igual que lo hacen los objetos.

Por eso a algunos les cuesta tanto irse, mudarse de casa, cambiar de entorno. A otros, por el contrario, su lado nómada se lo facilita, pero ni ésos están inmunes a los efectos del regreso. Cuando vuelven se sienten raros, incluso un poco incómodos: reconocen a duras penas el lugar que en su día fue su casa, y tampoco se reconocen a ellos mismos. Tienen que enfrentarse a esa parte de ellos que en su día dejaron atrás, y que al regresar les echa en cara lo mucho que han cambiado.

Por eso a veces nos resulta tan difícil deshacernos de algunas cosas que ya no sirven. Porque también nos dicen a gritos que ahí estamos nosotros. Tirarlas es una especie de pequeño suicidio.

Porque en su caída en desgracia, nos arrastran también a nosotros.

Llevándose una parte nuestra, quizás no la mejor, pero nuestra, a fin de cuentas.

Y eso, siempre duele.

jueves, 17 de abril de 2008

Sí, fue él. El de la camisa rosa. Estoy segura, completamente. No, no me despista para nada el hecho de que ahora vaya con la cara lavada, no tengo ninguna duda. El otro día iba igual que los otros, disfrazado de payaso, pero hay cosas que no pueden ocultarse ni siquiera detrás de un dedo de pintura, se lo digo yo... Ese bigote… Me clavó sus púas en el lóbulo de la oreja, mientras me susurraba en el oído que no fuera estúpida y le diera lo que me pidiera. Siento todavía el picor de las cerdas de su bigote, mucho más que el frío del filo del cuchillo, con el que me llegó a cortar al otro lado del cuello… Mire, no tuvo que apretar casi nada, estaba muy afilado. Tuvieron que curarme antes de ir a la comisaría, soy hemofílica, ¿sabe? La verdad es que me importaba poco darle el bolso, las llaves de casa o la cartilla del banco, si me lo hubiese pedido. Creo que incluso hubiese opuesto escasa resistencia si hubiese intentado violarme, fíjese si le digo. Pero el cuchillo sí que me asustó, sé que puedo desangrarme con una facilidad pasmosa, y el tipo parecía disfrutar horrores, susurrándome al oído que me iba a dejar la cara como un mapa, porque quería, porque podía hacerlo…

Debí desmayarme en sus brazos, porque ahí se abre un agujero negro.

No, no me violó, o al menos es lo que me dijeron en el hospital.


sábado, 5 de abril de 2008

El secreto de la transparencia no está en impedir que los demás pongan sus dedazos en el cristal. Un vidrio que nadie toca nunca también terminará perdiendo su nitidez con el tiempo, sucio, lleno de polvo y telarañas.

La clave está en que, quien lo toque, lo haga con delicadeza y tenga los dedos limpios…