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viernes, 1 de agosto de 2008

Veo una casa. Una mansión, en realidad. Antigua, pero bien conservada, sólida. No es de este siglo, ni siquiera del pasado. Muchas habitaciones. Buenos muebles. De los que pasan de padres a hijos. Camas de ésas en las que se nacía y se moría. Gente entrando y saliendo. Una familia grande. Arriba, pero también abajo. Sí, hay servidumbre. Sedas y tafetanes, pero también delantales de algodón y cofias. Niños que corren por el jardín. Un estanque. Alguien que llora junto a los rosales, en lo más escondido del laberinto de setos. Es joven y guapa. Pero no es feliz. Nadie dijo que tenerlo todo diera la felicidad, y ella se acaba de dar cuenta.

Lo siento, pero no veo nada más.


jueves, 31 de julio de 2008

Miró entre los árboles, como cada vez, para comprobar, con una angustia que reconoció estúpida, si la casa seguía allí. Un terror irracional e inexplicable le invadía cada vez que volvía al pueblo y no podía evitar el temor a que la próxima vez que mirase desde el camino de los almendros, no hubiese nada. Pero la casa, lógicamente, no se movía, seguía en el mismo sitio donde había estado desde que su tatarabuelo la mandó construir con el dinero que trajo de América.

Hasta aquel día...

jueves, 17 de abril de 2008

Sí, fue él. El de la camisa rosa. Estoy segura, completamente. No, no me despista para nada el hecho de que ahora vaya con la cara lavada, no tengo ninguna duda. El otro día iba igual que los otros, disfrazado de payaso, pero hay cosas que no pueden ocultarse ni siquiera detrás de un dedo de pintura, se lo digo yo... Ese bigote… Me clavó sus púas en el lóbulo de la oreja, mientras me susurraba en el oído que no fuera estúpida y le diera lo que me pidiera. Siento todavía el picor de las cerdas de su bigote, mucho más que el frío del filo del cuchillo, con el que me llegó a cortar al otro lado del cuello… Mire, no tuvo que apretar casi nada, estaba muy afilado. Tuvieron que curarme antes de ir a la comisaría, soy hemofílica, ¿sabe? La verdad es que me importaba poco darle el bolso, las llaves de casa o la cartilla del banco, si me lo hubiese pedido. Creo que incluso hubiese opuesto escasa resistencia si hubiese intentado violarme, fíjese si le digo. Pero el cuchillo sí que me asustó, sé que puedo desangrarme con una facilidad pasmosa, y el tipo parecía disfrutar horrores, susurrándome al oído que me iba a dejar la cara como un mapa, porque quería, porque podía hacerlo…

Debí desmayarme en sus brazos, porque ahí se abre un agujero negro.

No, no me violó, o al menos es lo que me dijeron en el hospital.