Miró entre los árboles, como cada vez, para comprobar, con una angustia que reconoció estúpida, si la casa seguía allí. Un terror irracional e inexplicable le invadía cada vez que volvía al pueblo y no podía evitar el temor a que la próxima vez que mirase desde el camino de los almendros, no hubiese nada. Pero la casa, lógicamente, no se movía, seguía en el mismo sitio donde había estado desde que su tatarabuelo la mandó construir con el dinero que trajo de América.
Hasta aquel día...

