miércoles, 14 de mayo de 2008

sábado, 10 de mayo de 2008


Los lugares se impregnan de nuestra presencia, igual que lo hacen los objetos.

Por eso a algunos les cuesta tanto irse, mudarse de casa, cambiar de entorno. A otros, por el contrario, su lado nómada se lo facilita, pero ni ésos están inmunes a los efectos del regreso. Cuando vuelven se sienten raros, incluso un poco incómodos: reconocen a duras penas el lugar que en su día fue su casa, y tampoco se reconocen a ellos mismos. Tienen que enfrentarse a esa parte de ellos que en su día dejaron atrás, y que al regresar les echa en cara lo mucho que han cambiado.

Por eso a veces nos resulta tan difícil deshacernos de algunas cosas que ya no sirven. Porque también nos dicen a gritos que ahí estamos nosotros. Tirarlas es una especie de pequeño suicidio.

Porque en su caída en desgracia, nos arrastran también a nosotros.

Llevándose una parte nuestra, quizás no la mejor, pero nuestra, a fin de cuentas.

Y eso, siempre duele.