jueves, 17 de abril de 2008

Sí, fue él. El de la camisa rosa. Estoy segura, completamente. No, no me despista para nada el hecho de que ahora vaya con la cara lavada, no tengo ninguna duda. El otro día iba igual que los otros, disfrazado de payaso, pero hay cosas que no pueden ocultarse ni siquiera detrás de un dedo de pintura, se lo digo yo... Ese bigote… Me clavó sus púas en el lóbulo de la oreja, mientras me susurraba en el oído que no fuera estúpida y le diera lo que me pidiera. Siento todavía el picor de las cerdas de su bigote, mucho más que el frío del filo del cuchillo, con el que me llegó a cortar al otro lado del cuello… Mire, no tuvo que apretar casi nada, estaba muy afilado. Tuvieron que curarme antes de ir a la comisaría, soy hemofílica, ¿sabe? La verdad es que me importaba poco darle el bolso, las llaves de casa o la cartilla del banco, si me lo hubiese pedido. Creo que incluso hubiese opuesto escasa resistencia si hubiese intentado violarme, fíjese si le digo. Pero el cuchillo sí que me asustó, sé que puedo desangrarme con una facilidad pasmosa, y el tipo parecía disfrutar horrores, susurrándome al oído que me iba a dejar la cara como un mapa, porque quería, porque podía hacerlo…

Debí desmayarme en sus brazos, porque ahí se abre un agujero negro.

No, no me violó, o al menos es lo que me dijeron en el hospital.


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