
Nunca me han gustado los atardeceres. Los admiro estéticamente, eso sí, pero no sacan de mí ese lado romántico y poético que suelen hacer aflorar en la mayoría de la gente, todo lo contrario. Me ponen triste, logran arrastrarme a un marasmo de pesimismo y desencanto que maldita la gracia que me hacen. Quizás porque la puesta del sol simboliza el final del día, la muerte de miles de posibilidades no cumplidas, el fracaso de lo no realizado. El atardecer, la llegada lenta, pero inexorable de la oscuridad, del final del día, siempre consigue que una nube negra se apodere de mi ánimo.
Sin embargo, adoro los amaneceres. La luz lo inunda todo y logra imponerse a la noche, haciéndola a un lado, como si nunca hubiese estado ahí. Y todo empieza de nuevo.
Y todo, absolutamente todo, una vez más, puede ser posible.